domingo, 28 de noviembre de 2010
Se llamaba Cecilia y vivía dos calles tras la iglesia. Despertaba 5 minutos antes que el despertador por costumbre, y desayunaba tostadas con mermelada de melocotón y café con dos cucharadas de azúcar. Solía vestir con grises, negros y rojos. Su perfume favorito, Chanel nº 5. A las 7:45 bajaba escalón tras escalón un total de 45, y siempre los contaba en voz alta para no perderse ninguno. Era tranquila, caminaba despacio disfrutando del olor del aire matinal. Al llegar al trabajo, saludaba alegremente y se sentaba durante horas en una silla acolchada y decorada con patchwork. La hacía sentir como en casa, junto a una taza rosa en la que ponía "Hoy puede ser el mejor día de tu vida". Le gustaba sonreír y mostrar sus dientes de niña pequeña y su risa era contagiosa. Se le enganchaban letras de canciones muy fácilmente. Salía del trabajo a las 13.3o para ir a comer al parque un gran tupper que preparaba la noche anterior, con sobras y una manzana verde. Pasaba horas en el parque, bajo el mismo árbol, durante años y años hasta que fue talado. Volvía al trabajo a las 16.00 justas. Ni un minuto más, ni un minuto menos. Servía café a sus compañeros, que la querían como a un familiar más. Y a las 19.55 salía del edificio ansiosa por ir a comprar algunas hierbas y sal. Siempre sal. Le gustaban los sabores salados, el jamón ibérico y las aceitunas la enloquecían. Tras media hora buscando cosas que faltaran, cosas que creía necesitar y cualquier cosa llamativa en la tienda de bajo su edificio, llegaba a casa y se tumbaba, rendida, en su sofá de madera y flores. Y pasaba una noche entretenida escuchando música y bailándola y cantándola, duchándose durante 72 minutos, cenando sandwitches de salmón o tortilla y acostándose con la ventana alumbrándola, haciéndola involuntariamente partícipe de la noche.
lunes, 22 de noviembre de 2010
Alguien pasó a mi lado y dejó su aroma en el aire. Era dulce, como de frambuesa, con toques de rosa y canela. Vi su figura entre el gentío, curvilínea y reluciente. Vestía con botines de tacón ancho color café y cazadora de piel negra que la estilizaba y hacía un ángel y un demonio a la vez. Era de piel clara; lo supe por sus manos rosadas por el frío. Su pelo era rubio, casi canoso, que reflejaba la luz del sol como si de una diosa se tratara. Quise ver su rostro, lo imaginaba con ciertas arrugas en los ojos y los pómulos, acentuando su felicidad.
Pero sólo fue una persona de aroma dulce y fugaz.
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